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Italia. Segundo escrito desde la prision de Giulia,presa por la operación osadia

Is There Anybody Out There? (¿Hay alguien ahí fuera?)

Hace pensar que todo el alboroto creado por el desafortunado destino de las Pussy Riot, además de la ola de indignación y solidaridad surgida de todas las mentes democráticas de periodistas, cantantes, hombres y mujeres de gobierno naciera del atenuante por el uso, en el momento del “acto criminal”, de simpáticos pasamontañas de colores.

Personalmente, estoy casi segura. También porque, seamos sinceros, los colores llaman más la atención, nos alegran la vida, nos hacen ser más comprensivxs y abiertos hacia lxs demás.

De lo contrario, no se entendería nunca cómo los periodistas, los primeros en catapultarse con “osados” artículos idóneos para presentar a los enemigos de la sociedad (terroristas encapuchados acusados de colgar pancartas, de ofender a la República y sus instituciones con peligrosas acciones subversivas distribuyendo cola y pintura en las paredes de la ciudad) en las primeras páginas de sus periódicos, hayan abrazado la causa de las Pussy Riot.

Seguramente, ¡depende del color del pasamontañas!

Sí, porque en la democracia tan ostentada por ellos y desde las alturas de las que mandan sus invectivas contra el malo malísimo de Putin y el medieval Patriarca de la Iglesia de Moscú, una situación semejante no se habría producido nunca.

O mejor, se producirían si los pasamontañas o las sudaderas con capucha fueran negras. Si en la iglesia, en vez del nombre de Putin, se hubiese gritado (y no para alabar) el de algún conocido cosificador o encadenador de nuestras vidas, un ministro, un jefe de policía, cualquier político, cualquier clérigo poderoso de Roma.

No sé cuántos periodistas indignados de estos últimos tiempos han ido a leer el código penal de nuestra santa democracia. Creo que, más bien, pocos.

Por otro lado se sabe, el trabajo es tanto, la defensa de los derechos democráticos (de los de otros países) no conoce límites, es una dura carrera y no se puede perder el tiempo.

Pero yo que el tiempo lo tengo, estando encerrada en una cárcel por un tiempo que no se me quiere decir (detenida en espera de juicio), he pensado en ayudarles a ustedes, caballeros, en su noble labor.

Artículo 405 del Código Penal. Alteración de las funciones religiosas de culto de una confesión religiosa: “Quien impida o perturbe el ejercicio de las funciones, ceremonias o prácticas religiosas de culto de una religión… será castigado con prisión de hasta dos años”. Añadiría el delito de estar encapuchada (Ley n ° 152, de 22/05/75): “se prohíbe el uso de cascos o cualquier otro medio que dificulte el reconocimiento de la persona en un lugar público o abierto al público sin un buen motivo… en manifestaciones… a excepción de las deportivas. El infractor será castigado con pena de prisión de uno a dos años y multa de 1000 a 2000 euros”. Y, por qué no, vilipendio a quien sea (religión, presidente de la república, república y sus instituciones)… Qué cansancio.

En resumen, si las Pussy Riot hubieran hecho lo mismo en Italia, habrían tenido un tratamiento tal vez mucho peor.

Ahora, por supuesto, no me interesan las lecciones de derecho comparado, también porque mi conocimiento de este aciago mundo, que no me pertenece, es muy limitado.

Solo me gustaría “explorar el mundo de San Patricio de vuestras democracias” para agitar en río revuelto. Si mis palabras tuvieran la fuerza de mi rabia, probablemente, sería mucho más eficaz, más implacable en la exposición de mis argumentaciones.

Me pregunto si los defensores de la libertad de estos días escribirán sus artículos con ingenua conciencia o con el clásico sucio servilismo hipócrita que los distingue. Aquello que les permite dedicar páginas y páginas de agradecimiento a los que han salvado al país de terroristas peligrosos, sin molestarse en comprender el diseño real oculto tras el encarcelamiento de tantas personas, metiendo las noticias de sus patrones, escondidas con algunos adjetivos algo literarios (a fin de hacer el artículo más aceptable para los ojos de un lector, la mayor parte de las veces, descerebrado pero exigente) y construyendo un mundo ficticio.

Un servilismo que garantice su integridad moral a los ojos de la opinión pública, que les ve luchar contra las injusticias asesinas de Assad, contra la detención de las Pussy Riot, por Assange, para no tener, así, que dar explicaciones de su sucio y verdadero trabajo dirigido en la Patria, el único por el cual la prensa tiene el permiso de existir, o sea, justificar, servir al Poder, al Estado y a sus secuaces.

Así, los rebeldes sirios son tales, los de Val di Susa son terroristas y violentos; las Pussy Riot son disidentes reprimidas por el sistema dictatorial ruso, mientras, quien en Italia es acusado de hacer pintadas o de colgar pancartas contra la guerra, el gobierno o los responsables de los desastres ambientales es un peligrosísimo subversor del orden democrático al que meter en la cárcel (incluso antes del juicio, por supuesto).

¡Ay, lo siento, se me olvidaba! Probablemente en la democrática Italia, las Pussy Riot, además de los mencionados artículos del Código Penal, se verían caer encima sin duda el tan querido 270bis, artículo sobre la cresta de la ola. También porque en una iglesia, cantar contra el gobierno, siendo tres, ¿qué es si no una asociación subversiva con fines subversivos, con “el agravante de pedir la ayuda de la virgen” (y aquí, si pasara a manos de un cura/fiscal, ¿también les caería encima “brujería y herejía”?)?.

Claro que mis palabras caen en el vacío de vuestras esclavas cabezas, queridos periodistas, os deseo ya sea poder continuar vuestro fundamental y necesario trabajo, o no miraros nunca en el espejo. No  vayáis a ver un uniforme en lugar de vuestra ropa, una cadena donde deberíais tener el cerebro, una porra en lugar de vuestra pluma.

Sin embargo, para evitar equívocos, solidaridad con las Pussy Riot, no en nombre de la democracia y sus derechos, sino en nombre de la libertad, contra las cárceles y sus carceleros, contra todos los bienpensantes que señalan con el dedo desde el otro lado de su valla sin mirar el barro que llega a sus pies.

Dicho esto, espero que las Pussy Riot no caigan en una rogatoria internacional que las involucre en una asociación subversiva intergaláctica .

Un saludo de Giulia
una subversiva sin pasamontañas de colores, presa en la cárcel de Rebibbia.

¡Buen fin de verano!


Para escribirle:
Giulia Marziale
CC Rebibbia Femminile
Via Bartolo Longo 92
00156 Roma
Italia

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