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Condenas a cadena perpetua…

lobodurmiendo(Extracto del libro “El Gran Rescate”, de Ricardo Palma Salamanca, ex miembro del FPMR Fugado desde la cárcel de Alta Seguridad en Diciembre de 1996. Atingentes son estas letras ante el reciente veredicto de la inquisicion democratica contra Juan, Freddy y Marcelo)

“Manuela:

Hace unos días nos condenaron, fue todo muy rápido.
Por la mañana llegaron unos gendarmes y nos avisaron que debíamos salir hacia el tribunal. El procedimiento fue e acostumbrado. Nos bajaron por la escalera de siempre y nos condujeron en medio de estos pasillos muy semejantes a las viejas fortalezas ideadas por Leonardo para su rey.

Son pasillos subterráneos y se extienden como los tentáculos de una bestia reposando bajo toneladas de cemento.
Llegamos al lugar donde nos ponen las esposas. Había un conjunto de guardias esperándonos para trasladarnos hacia el tribunal. Íbamos dos, yo y otro preso procesado por la misma causa, estábamos tranquilos, subsistía en nosotros o al menos en mí, una lenta pena. Aguardábamos que los gendarmes revisaran sus armas para el traslado cuando se acerca uno de ellos y me dice: “Hoy es el gran día para ustedes”. Me lo dijo sin resentimiento; no encontré en sus palabras acento de violencia o enfado, eran palabras neutras, lanzadas para justificar la rutina sembrada por el tiempo. En ellas no existía carga que pudiera decir que esas palabras provenían de un carcelero. ¿Será eso el profesionalismo? ¿Será esa invertebrada posibilidad de desprenderse de las emociones y ser sólo una partícula de polvo en la mesa de los amos?
Ya no me acuerdo lo que le respondí, pero me di cuenta de que todo esto era para ellos y para los que nos esperaban una gran ceremonia. Un ritual donde se justificaba su autoridad.

Salimos de la cárcel en el interior del vehículo de traslado. Es un furgón parecido a una ambulancia pero con la gran diferencia que traslada enfermos de una clase diferente.
Es de color verde y con un potente blindaje. La parte de atrás se divide en dos, una para los guardias y la otra, considerablemente más pequeña, para los presos. Naturalmente no tiene ninguna ventana y es totalmente oscura. Pero tiene una característica que se repite en todos los espacios de este encierro como un rezo cristiano. Te ven sin poder ver tú al que te observa. No puedes ver al que está detrás en el control de una cámara obedeciendo sus impulsos. Aunque no haya nadie detrás, pero el ojo ya está instalado, el ojo de tu vigilante no está en él sino permanece en ti mismo, en tus movimientos, en tus diálogos internos hay una pupila extraña como un parásito viviendo de tus intimidades.

Manuela, el viaje fue rápido, al menos así lo sentimos adentro del camión.
Íbamos escoltados por varios autos de policía que hacían sonar sus sirenas a cada momento. Debió ser un gran espectáculo para aquéllos que miraban desde la acera. Los dos íbamos en silencio y cada cierto tiempo cruzábamos algunas palabras en medio de la oscuridad.

Luego de dar inumerables vueltas, el camión se detiene, pasan algunos minutos en que se escuchan pasos y carreras de los guardias, al parecer revisaban el tribunal. Es algo que siempre hacen antes de bajar a un preso de cuidado para ellos. De pronto la puerta del habitáculo se abre y un guardia nos indica que debemos bajar. La luz irrumpió encegueciéndonos. La calle tenía colores extraños y el viento fue como un alivio.

¿Sabes la diferencia de los vientos, su textura y su densidad? Yo antes tampoco lo sabía, no podía reconocer entre el aire y el viento, o tal vez jamás me detuve a respirar verdaderamente. Lo mismo fue con los colores de la calle rebotando por las caras de toda esa gente que caminaba sin mirara a los lados.

Por la noche había llovido y el suelo aún estaba húmedo, mojado, cristalino, como queriendo reflejar el cielo gris tapizado de nubes que en otro tiempo no existían.
Ambos bajamos del camión algo complicados ya que con las manos esposadas perdíamos el equilibrio. La gente nos miraba con una suerte de morbosidad, como agradecidos de no ser ellos los esposados y en esa misma morbosidad daban gracias a su dios por haber creado personas como nosotros porque les dábamos la contingencia de su absurda bondad.
En los ojos de ellos, en los de los guardias, de los empleados del tribunal, de los funcionarios de las leyes, había temor. Tal vez en nuestros ojos también existía temor. Todos nos temíamos. ¿Qué nos hace conocernos a nosotros y a los otros?¿Conocemos por disfrute, por la curiosidad, o por una necesidad de defensa? Aristóteles se equivocó y junto a él se equivocó un continente entero, aquel en que se funda nuestra cultura.

Caminamos serenos en medio de todo el mundo, conscientes de su potente farsa, de su espectáculo inclaudicable para cualquier orden social. ¿Qué importan las transformaciones cuando una cultura se sostiene en la producción de temor? Este será su pilar mientras unos manden y otros obedezcan.

Nos condujeron hacia el segundo piso por un ascensor, llegamos a una sala donde descansaban otros guardias sentados en sillones. Frente a ellos se ubicaban dos mesones con una cantidad incalculable de legajos y hojas sueltas. Entramos y nos sentamos. Esperamos la constitución del espectáculo solemne y a la vez ridículo de la condena.
Al cabo de treinta minutos llegó una señora mayor acompañada de otra de más o menos la misma edad. En sus brazos traía otro lote de cuadernos empastados. Entraron con seguridad, en línea recta, se sentaron ante la mesa y comenzaron a ordenar los cuadernos.

En toda la sala se olía a institución, un aroma característico de los hospitales y las cárceles.
Ahí estaba el par de ancianas encargadas de minimizar en gran medida nuestras posibilidades de existencia legal.

Una de ellas, la más vieja, le dice a uno de los guardias levantando lentamente la cabeza y mirando alternadamente con y sin sus anteojos: “¿Ellos son los reos?”.
-Sí magistrado- le responde el guardia.
-Bueno, que se levanten- ordena ella.
El guardia se dirigió hacia nosotros y nos ordenó que nos levantásemos. Yo y mi compañero nos miramos, riéndonos del guardia, nos reímos de ella y ambos le respondimos que no queríamos levantarnos, que procediera con aquello que tenía que decir.

La señora se enfurece. Dice que somos unos irrespetuosos, que nos merecemos la condena, estamos frente a la ley y nadie puede burlarse de la ley sin pagar las consecuencias, todo esto dicho entre salivazos y un acento irreconocible. La anciana estaba como un perro rabioso, incontrolable y peligroso.
Los guardias miraban con ojos expectantes alrededor de la mesa donde se sentaba la señora. Su acompañante fingía no darse por enterada de la situación, pero también comenzaba a descontrolarse. Hacía movimientos extraños y le nacían indescriptibles muecas.

Uno de los guardias se acercó a ella diciéndole que se tranquilizara. Nosotros seguíamos sentados, dispuestos a seguir igual; quizá lo hacíamos de aburrimiento y no le otorgábamos ninguna importancia al hecho. No había una actitud premeditada detrás de todo. No reptaba la seriedad ideológica tras nuestra apariencia, tan sólo no queríamos pararnos delante de esa anciana para satisfacer el ansia de su espectáculo.

La vieja se calló y sacó un cuaderno con dos copias, eran las condenas. Se paró mirándonos y comenzó a leerlas, su rostro estaba ajado y al leer sus arrugas se acentuaban, su cara era una gran pasa parlante.
Todos callaron cuando comenzó la lectura: “a) Visto en los autos de procesamiento consignado en las fojas 234, 235, 236 y vuelta que los…”
Pero en ese momento mi compañero la interrumpe preguntándole si va a leer toda la resolución.
-¿Pero, por qué?- pregunta ella, sorprendida.
Mi compañero le dice que mejor se ahorre el tiempo porque no la vamos a escuchar, que nos pase sus papeles y termine el trámite.
-¡Esto es inadmisible!-grita ella al borde del desmayo-¡Ustedes no pueden restringir mi labor!
-Y usted no puede obligarnos a aburrirnos con sus palabras-contesté yo.

Ella suspiró con desengaño y pidió un vaso de agua, jadeaba como una fiera herida y sangrante al borde del sacrificio, luego nos dijo que el tribunal había resuelto dictar sentencia para ambos, lo cual significaba que estábamos condenados a presidio perpetuo. Cuando dijo esto le nació una singular sonrisa.. después de todo, esa era su venganza. Le hubiera gustado vernos ardiendo en la hoguera o que nos destrozaran con cuatro poderosos caballos tirando de nuestras extremidades. Pero aquello de perecer tras las rejas, dinamitados por el tiempo, no era algo que le viniera mal a su sentimiento de odio.

Así fue todo de rápido. El viaje de vuelta fue tan rutinario como el inicial, sirenas, guardias armados, caras de nerviosismo, gente mirando, cosas que ya he visto antes.

Al llegar a la cárcel, mientras nos sacaban las esposas, el mismo guardia se acercó y dijo que lo sentía por nuestras condenas. Yo lo miré y no contesté nada. ¿Qué podría decir, Manuela, que no le hayan dicho otros?

Subimos las escaleras con mi compañero, haciendo comentarios acerca de la anciana condenadora y los años que lleva haciendo lo mismo con tantos hombres. El significado y el peso de las condenas varía dependiendo de quien la asuma. He visto gente que llora por su condena, otorgándole una seriedad demasiado pesada, y eso es porque no existió una relación auténtica entre éstos y “el crimen” cometido o la falta realizada, posibilitando la inoculación de la culpa como un germen que los va demoliendo.

Cuando llegamos a la celda le pregunté a mi compañero cómo se sentía y me respondió que igual que siempre desde que está encerrado. Y es cierto, el tiempo no importa cuando te lo distribuye otro fuera de ti mismo.
Bueno, te escribía todo esto quizá por aburrimiento o por la esperanza de recibir alguna respuesta de tu parte. Si ya sabes de nuestras condenas, ojalá no te aflijas, nadie esperaba menos. Consuelos nos quedan muchos, al menos eso me dijo otro preso.
Amándote siempre, aún en el silencio de tus letras.”

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