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Grecia. La insurrección no puede ser negociada. Escrito de Panagiotis Argyrou, miembro de Conspiración Células del Fuego – FAI / FRI

[Traducido por Sin Banderas Ni Fronteras desde Insurrection News]

El tiempo es la enfermedad de la realidad. En prisión, el tiempo parece envenenar la atmósfera. El aire se espesa como si estuviera inundado con limaduras de plomo y todos y cada uno de nuestros días nuestros pulmones están infectados con este oxígeno tan tóxico que nos pesa una y otra vez, más con cada día que pasa.

Te sientes tan agobiadx que en algún punto empiezas a pensar que cada paso que das te quita un día de tu vida; cada paso y un día menos, cada paso y un día menos…

Durante estos casi 6 años y medio de mi encarcelamiento, siempre sentí que estaba matando tantos días mientras me movía interminablemente de un lado a otro en los tribunales. He visto el despreciable ritual de los juicios que tienen lugar en nombre de la democracia demasiadas repetidas veces y cada vez que iba me devolvía con paquetes de décadas de sentencia sobre mi espalda.

Sin embargo, lo que más me molesta no son solo las duras sentencias impuestas por toda esta barbarie burocrática que ha estado machacando vidas en la piedra del molino de la justicia, sino también el estilo arrogante y santurrón de los jueces que ejecutan nuestra libertad mientras mantienen la ilusión de representar algo especial.

Ahora, estamos en el proceso de una nueva ronda de juicios, donde las decisiones judiciales de los procedimientos en primera instancia se están revisando sobre si fueron correctas o no. Personalmente, no asistí a este proceso para pedir mitigación o conmutación. Lo hice para enfrentar la propaganda de la autoridad, una propaganda que intenta deslegitimar moral y políticamente nuestras convicciones. Para el dominio, es muy importante y sabio no solo eliminar a sus enemigos manteniéndolos como rehenes durante años, sino también deconstruir sus personalidades para que sus motivos y acciones parezcan egoístas, oscuras, sucias y cualquier otra cosa que no sean acciones que apuntan al mismísimo núcleo de la dominación: el poder.

Para la Democracia, solo somos delincuentes comunes. Aunque nos llaman terroristas, votan leyes especiales para nuestro enjuiciamiento, crean tropas especiales para perseguirnos. Sobre todo, nos consideran criminales comunes, aunque somos juzgadxs en tribunales especiales por jueces especiales seleccionados específicamente para estas ocasiones, aunque nos mantienen, ocasionalmente, cautivxs en aislamiento especial o se aseguran de imponernos cualquier escenario posible o improbable de exención de varios derechos adquiridos por lxsprisionerxs. En este punto, vemos lo siguiente excepcionalmente poco común. A pesar de que nuestras acciones teóricamente caen bajo el delito común, todo el sistema político siente la necesidad de condenarlas políticamente de manera continua con expresiones de indignación. Lo mismo vale para toda una multitud de periodistas, académicos de todo tipo, figuras de la escena artística progresista de izquierda y en general varias personalidades de alto perfil y reconocidas de la sociedad.

 

Todxsellxs tienden a afirmar repetidamente cuán detestable es la cultura de la violencia y cómo «la Democracia no tiene puntos muertos».

Nunca ha habido tanto alboroto, por supuesto, sobre cualquier otro delito común y seguramente no veremos sorpresas en el futuro.

Aún así, en estos procesos judiciales, los fiscales a menudo sienten la necesidad de agregar algunas posiciones políticas a sus discursos, por lo general, incoherentes, aparte de todas las declaraciones legales.

Con frecuencia, en los tribunales de este tipo hemos escuchado a los fiscales apresurarse a comentar políticamente sobre lo que significa terrorismo, lo que significa el crimen político y por qué razones, en democracia, las protestas deben tener límites.

Con más realeza que el rey, los fiscales se presentan con la vestimenta púrpura real de la democracia predicando su superioridad moral, política y cultural, solo para concluir finalmente en el conocido veredicto antiguo y clásico de que no existe mayor maldad que la anarquía.

No pueden repetir, por supuesto, las palabras que Sófocles puso en la boca de Creonte en su famosa obra «Antígona», pero el significado siempre sigue siendo el mismo. Los fiscales con sus juicios, que representan el universo de valores de la autoridad, no se contentan con la adopción de las condenas habituales, sino que también buscan aplastar la oposición práctica a la autoridad de la democracia y la contestación violenta de sus leyes e instituciones. Entonces, estos tribunales especiales oficialmente niegan admitir que en realidad somos prisionerxs de guerra, mientras que al mismo tiempo se esfuerzan ansiosamente por defender los valores «más altos» de la democracia, como los últimos baluartes de la legalidad moral del sistema. Y eso, en todo caso, solo podría constituir incluso una admisión indirecta de que estos juicios son en realidad juicios de valores.

En el mundo real, el mundo material, perceptible a través de nuestros sentidos, las ideas que carecen de acciones relacionadas son huecas, vacías, privadas de sustancia y significado. Si hoy soy un rehén de la autoridad juzgado una y otra vez, ya sea en primera o segunda instancia, es porque he permitido que la idea de la anarquía encuentre su camino dentro de mí y haya elegido vivir luchando de diversas maneras contra la autoridad.

Enamorado del valor de la libertad absoluta, creyendo en el fondo que cualquier tipo de poder, incluso si se presenta bajo diferentes formas cada vez, no es más que una soga al cuello de gente que aprieta y estrangula su libertad, he odiado las leyes, las reglas y la moralidad de su mundo.

He despreciado a todas las autoridades, he detestado cualquier sentido de disciplina y he amado la idea de la rebelión como una oposición práctica continua al poder. Ser encantado por la belleza de la libertad absoluta como un valor no fue solo un capricho de mi adolescencia, ni un paroxismo juvenil creado por una excitación fácil basada en la adrenalina, y ciertamente no fue el resultado de algún paso aleatorio por los corredores de una librería de escritores anarquistas.

En un momento en que la protesta social y las luchas sociales se consideraban anticuadas, pasadas de moda, un remanente de una vieja era gráfica que debía colocarse en un mausoleo honorario, o un campo de mejora para los defensores del derecho sindical (de los trabajadores y estudiantes) que reunieron cualquier clientela política y una despreciable politiquería barata, la única dinámica social que se levantó en términos combativos fue el mundo de la anarquía y el amplio anti-autoritarismo. Tomé la decisión de formar parte de esta dinámica, sin embargo, las condiciones sociales de esta época también han influido en mi visión general del mundo.

A mediados de la década de 2000, cuando comencé a participar en las diversas actividades del movimiento anarquista, la realidad socialmente moldeada irradiaba una absoluta oscuridad. La hegemonía política del sistema en realidad había construido dos pilares fuertes en la sociedad:

  1. I) Por un lado, la corrupción sistemática y el soborno de los estratos sociales más bajos, aplicados como política central por la administración del poder socialdemócrata desde 1980 en adelante, crearon un universo caótico de puntos de vista inconsistentes basados ​​en la clase, lo que trajo una reestructuración radical de las clases sociales de ese tiempo.

Esa volátil movilidad social desarrolló, de la nada, nuevas categorías ascendentes, mientras que la clase antes detestable (incluso para la antigua izquierda política) de la pequeña burguesía se elevó a dimensiones inconcebibles, ya que dentro de quince años los funcionarios, pequeños y medianos rentistas, los propietarios de terrenos y tierras agrícolas, los emprendedores(los llamados pequeños jefes) y los trabajadores por cuenta propia aumentaron por miles.

La escasez de mano de obra barata (es decir, esclavos que no tienen más que perder que sus cadenas) creada por esta informal reforma social socialdemócrata fue luego cubierta por la política de fronteras abiertas que se llevó a cabo a partir de 1990 con enormes flujos migratorios que invadieron todo el territorio griego. Los agujeros que aparecieron en el sector productivo fueron cubiertos por la mano de obra barata y voluntaria de miles de inmigrantes, que construyeron con su sudor yalgunas veces con su sangre, bajo las más terribles condiciones de explotación (principalmente trabajo no declarado), el pequeño milagro de la sociedad griega, mientras que al mismo tiempo la gran mayoría de la sociedad disfrutaba alegremente de los días de abundancia, agudizando con frecuencia sus instintos racistas.

Esta estrategia de la socialdemocracia griega aparentemente apuntaba al cese de la furia social que se desataba hasta 1980 y al mantenimiento regular del contrato social sin agitaciones radicales. Aunque estas estrategias socialdemócratas no eran nuevas -al contrario, se han desarrollado extensamente en el pasado, incluso por figuras prominentes del panteón comunista como Marx y Lenin (quienes hablaron sobre la capacidad de la socialdemocracia para corromper amplios sectores de la clase obreras creando una «aristocracia laboral» con fronteras indistintas en relación con la clase trabajadora misma, que constituye el pilar social de la burguesía o la base social del oportunismo) – no hubo un bastión político sustancial contra este avance de la corrupción social, ya que solo algunas organizaciones revolucionarias de la guerrilla urbana se opusieron a todo esto, y lo mismo hizo la anarquía junto con algunos sectores de la generación más joven que formaron un faro de insurrección y resistencia a toda esta decadencia.

Y además, esa es la razón por la que recibieron una implacable represión estatal.

 

Por supuesto, aunque el Estado griego fue, desde el comienzo de su establecimiento, nada más que un país patético de dependencia vinculado a los intereses geopolíticos de otras potencias con la soga del endeudamiento externo al cuello o, incluso, un estado que carece de cualquier desarrollo industrial avanzado sin explotación en otros terceros países, aún así la socialdemocracia griega pudo lograr en términos absolutos la formación de una de las aristocracias obreras más repugnantes y crueles que tal vez haya existido.

Por un lado, hicieron uso de los subsidios europeos. de las asignaciones financieras y también de la falta de responsabilidad liderada por el sector financiero al pisar las espaldas y los cuerpos de los esclavos-inmigrantes. Por otro lado, la base del oportunismo social griego se expandió tanto que las diferencias entre los intereses de clase se pusieron en línea.

Fue bajo estas circunstancias que en el campo social nació la identidad común del griego moderno.

Los valores de la corrupción, la tacañería y el canibalismo social absoluto reinaron, ya que donde sea que miraras a tu alrededor podías ver la confirmación del proverbio existencial de Kazantzakis: «el hombre es una bestia. Si lo lastimas, te respetará y temblará temiéndote. Si lo tratas bien, te arrancará los ojos».

  1. II) Por otro lado, tenemos ahora la imposición brutal de la ideología predominante utilizada como nutrición cultural. El estreno de los canales de televisión privados comenzó a escribir un artículo completamente nuevo en la historia de la vida política de este país, ya que varios grupos de negocios detrás de cada canal estaban hombro con hombro con un grupo de autoridad u otra cada vez. Eso, por supuesto, fue una parte. La otra parte fue que, al mismo tiempo, un lavado cultural de cerebro sin precedentes lentamente comenzó a establecer la dictadura de la cultura de masas. La civilización y el estilo de vida occidentales fueron promovidos en gran medida como una calle de sentido único, mientras que, al mismo tiempo, un increíble exceso de oferta de productos de empresas multinacionales llenaba las fachadas y estantes de la abundancia con una gran cantidad de mercaderías, tanto con artículos de primera necesidad como bienes completamente construidos sobre una base cultural del consumo que pronto se convirtió en una ideología (consumo, luego existo).

El efecto de la publicidad sobre lo emotivo y lo subconsciente no solo trajo una circulación de dinero artificialmente incrementada, sino que también reforzó decisivamente la imposición de estándares estéticos y roles sociales estereotipados, así como también una percepción general del estilo de vida, forma de pensar y entretenimiento. Y eso también se reflejó en la construcción urbana. Cafeterías, comidas rápidas, centros comerciales como Village, Mall etc. que crecen como hongos junto con la industria desenfrenada del entretenimiento nocturno, causaron la transformación urbana de muchas áreas que se convirtieron en zonas comerciales o zonas alternativas, típicas, exclusivas o de moda para el entretenimiento.

Por supuesto, la modernización del transporte público y semipúblico durante todo este proceso de regeneración urbana tampoco fue inocente.

 

Además, el efecto interactivo del espectáculo en el imaginario colectivo comenzó a deformar aún más la conciencia de la mayoría social, a través de una civilización asquerosa que producía estilo de vida, un sistema estelar glamoroso y varios reality shows y programas de talentos.

Entonces, esta manera monstruosa de pensar, que distorsionó todo valor real (solidaridad, apoyo mutuo, etc.), se hizo realidad, mientras que la percepción de la gente sobre la forma de las relaciones sociales se vio dramáticamente alterada.

Por lo tanto, cada relación que podría involucrar desinterés puro (como la amistad, el amor, el compañerismo) se distorsionó y, como resultado, la percepción más extendida de todo tipo de relaciones se convirtió en que si no son puramente instrumentales, no son buenas.

Esta forma de entender las cosas, así como la vida misma y las relaciones entre las personas se volvió dominante de una manera tan absoluta que incluso la aparición de una desviación de esta norma (consciente o inconsciente) colisionó con un poderoso racismo social y una multitud de prejuicios sociales, expresado algunas veces en la forma de una devaluación colectiva, desdén, burla, etc. y otras en la forma de una abierta hostilidad, odio y canibalismo de cada personalidad que difiere.

Entonces, consciente de la penumbra social de mi tiempo, una tristeza que formó una identidad colectiva y generalizada de canibalismo, un canibalismo colectivo,  hostil hacia cualquier cosa diferente, cualquier cosa que dude, cuestione, cualquier cosa que se rebele y ataque a lo existente, me di cuenta de que simplemente la elección de querer ser anarquista no era sino una elección antisocial en tanto rechaza la tendencia dominante.

Por lo tanto, me opuse a una sociedad, que entendí no como una suma indivisa de personas, como pensarían muchos que atacan los espantapájaros de nuestras posiciones, sino como una máquina de crianza de todas las ideologías, puntos de vista, relaciones y valores prevalecientes. Contra una sociedad-lavadero de la tiranía gobernante de la democracia, de sus leyes e instituciones, contra este implacable colectivo que aplasta y mutila toda diversidad, de todas las maneras posibles, elegí defender un «yo», un «yo» insurgente, un «yo» anarquista, un «yo» dispuesto a defender los valores, incluso si solo fuera suficiente para que todos estuvieran en su contra. Un «yo» que aprecia más el valor de un hermoso bosque que una jungla de cemento interminable donde las hormigas humanas se mueven continuamente para trabajar, trabajar para consumir, consumir para existir y existir para trabajar. Sé que cuando me refiero a la dupla «nosotros-yo» sorprende a muchos e irrita su argumentación. Tengan en cuenta que tanto el fascismo como el nazismo, en su camino hacia el dominio, atrajeron al colectivo «Nosotrxs». Por otro lado, el federalismo radical anarquista nunca ha considerado que el «Nosotrxs» este por encima del «Yo», sino que existe una coexistencia igualmente armoniosa entre ellxs.

Entonces, en mi mente, muy pronto llegué a la conclusión de que defender y luchar por un valor, por un ideal, por un sueño o simplemente por lo que sea que se considere ético y justo, no puede ser un tema de negociaciones que depende de cuánto tienes de tu lado o qué tan atractiva es esa forma de vida para la mayoría de la sociedad.

 

Defender las cosas que consideras de mayor valor también puede ser una elección personal que deja de valer la pena en absoluto, por el contrario, la hace mucho más hermosa, aunque más difícil.

No se necesita la aceptación social o el apoyo popular para defender abiertamente la posición de que «el mundo está cambiando», en tanto la superioridad moral de esa actitud ante la vida se califica en términos morales y no en términos descuidados. Desde este punto de vista, defender libremente que el mundo está cambiando, incluso cuando toda la sociedad quiere verte arder en la hoguera, ¿qué otra cosa puede ser esta más que una elección contra la sociedad, por lo tanto antisocial?

Entonces, lo que era de valor para mí, lo que creía que valía la pena defender y por lo que luchar era exactamente el valor de la anarquía, el valor de la libertad total. Yo también he pasado innumerables momentos soñando despierto con un mundo libre, donde personas completamente libres concluyen entre sí relaciones totalmente libres, pero cuando me desperté de ese sueño y me enfrentaé a la realidad social, me zambullí en un cínico realismo político sobre cómo nada de todo esto se puede lograr sin la completa destrucción de la sociedad, el útero de todas estas condiciones que da forma a la situación desesperada que aplasta nuestra existencia.

Considerando que ahora vivo en un ambiente hostil donde todos a mi alrededor están dispuestos a volverse contra personas como yo simplemente porque somos diferentes, he adoptado este realismo político cínico también como una visión de las cosas, y este mismo realismo es lo que yo, personalmente, llamo nihilismo.

Entonces, como anarquista, adopté lógicas y métodos de insurrección personal y colectiva al optar por establecer una relación de ruptura con la estructura existente, su estructura política y también con la sociedad que la reproduce, ya que es dada su legalización en la conciencia de la sociedad.

Entendí y experimenté mi afiliación y participación en la Conspiración de Células de Fuego como mi embarcación hacia un barco pirata que no tenía intención de terminar en un puerto seguro y a salvo, pero planeaba cruzar las aguas inexploradas y no trazadas de la libertad salvaje y el ataque anarquista, saqueando la colonización moderna de nuestras vidas,lo que considero una experiencia  hermosa y conmovedora de la que nunca me arrepentiré.

La Conspiración de Células del Fuego, al menos en la forma en que la experimenté, me ofreció la posibilidad de convertir los deseos de negación, ataque y destrucción en acciones colectivas, aunque al mismo tiempo era algo mucho más que eso.

Más importante que las docenas de ataques contra objetivos del poder y el sistema (que evitaré mencionar una vez más) fue el hecho de que tuve la oportunidad de reunirme con otros compañerismos para poder enfrentarme directamente con la Dictadura de la cultura de masas y la ideología dominante que se había arraigado en lo más profundo de la sociedad como un cáncer con metástasis múltiples.

Evitando las trampas de un populismo poco convincente que era incapaz de llamar a las cosas por su nombre por la necesidad de apelar a la sociedad y a los oídos ya hostiles y prejuiciosos hacia nosotrxs, tomamos todxsjuntxs la decisión de proceder con un perfil crítico hacia la sociedad, las dinámicas que se han desarrollado y los sectors sociales que han estado girando en su interior.

 

Esta posición crítica no tenía la intención de proponer un holocausto general y ciego, sino un enfoque escéptico y discutible sobre diversos comportamientos sociales que, después de todo, han sido descritos por prominentes personalidades comunistas, famosos filósofos existencialistas, individualistas anarquistas y nihilistas de otros tiempos, neomarxistas de diferentes escuelas, teóricos situacionistas, así como un gran número de escritores y poetas con mentalidad política de la tendencia de la etografía social.

Puede que me haya arrepentido de muchas cosas en mi vida, pero la opción de cumplir una estrategia no es ni será una de esas cosas.

Ahora, en lo que respecta a mi presencia en la famosa casa de Halandri, lo único que puedo decir con certeza es que no cae dentro del resto de las relaciones más amplias, amistosas y familiares que otras personas tenían, resultando con ellxs siendo acusados ​​de acusaciones totalmente arbitrarias.

En ese sentido, no puedo hacer otra cosa que tomar la plena responsabilidad con respecto a la presencia del dispositivo explosivo dentro de esa casa, ya que era algo completamente conocido por mí.

Lamento mucho que un error tan operativo de un dispositivo explosivo que se mantiene incluso durante unas horas en una casa completamente legal donde decenas de personas irrelevantes van y vienen, con las que obviamente estuve involucrado personalmente, causara la creación de toda una industria de enjuiciamientos de personas que no tuvieron nada que ver con CCF. Sin embargo, la carga moral de esta construcción de docenas de acusaciones recaerá por siempre en la unidad antiterrorista y también en la autoridad política y las constituciones de justicia que aseguraron que el maquiavelismo y la racionalidad de enjuiciamiento colateral que presenciamos todos esos años desde 2008 quedaran al cubiertos.

Ahora ustedes, como parte de este absceso, ¿desde qué lado juzgarán mi propia actitud hacia la vida? ¿De qué manera el hecho de que yo elija armar mis deseos y adoptar la violencia insurreccional contra todas las formas de tiranía será juzgado moralmente por personalidades como ustedes, actuando en nombre del mundo de la autoridad? Sin embargo, el uso de la fuerza brutal proporcionada por sus posiciones no es suficiente para ustedes, no están acostumbrados a ajustar el tiempo de mi estancia en las celdas de su democracia, pero quieren terminar moral y políticamente la lápida que tratan de poner sobre mi libertad, quieren que todo esto suceda en nombre de algunos supuestos valores más altos y morales avanzadas. Pero no hay ninguno, ni siquiera como muestra. Sería suficiente para cualquier persona que no haya vendido por completo su dignidad observar este procedimiento para detestarles inmediatamente a ustedes y sus supuestos ideales superiores. Sería suficiente para una persona abrazar así la idea de quemar hasta la médula o incluso volar un tribunal, aunque fuera algo inconcebible antes, solo al observar este procedimiento, que visiblemente elimina y cubre las impactantes contradicciones de las autoridades procesales electas.

Este conflicto no solo se da entre nosotrxs y este tribunal, pues no se puede aislar de la historia humana en general. En este conflicto, la reconstrucción del antiguo conflicto entre Poder e Insurrección, entre Disciplina y Desobediencia es inherente. Es cierto que he elegido el camino de la violencia y que cometí actos violentos. He revestido mi desobediencia y mi insurrección de fuego y pólvora y la he dirigido a todo lo que el Poder simboliza y sirve.

Cuando ellos dicen que la violencia es la misma sin importar de dónde viene, yo escupo disgustado.

Porque la arrogancia del Poder que busca la monopolización de la violencia se encuentra oculta en esa frase.

Porque, ¿cómo puede alguien comparar la violencia de la insurrección, por cruel y despiadada que sea, con la violencia de la autoridad? ¿Cómo se pueden poner a ambas bajo un denominador común? ¿Cómo se atreven a equiparar esas dos formas de violencia? ¿Cómo puede la violencia de lxsesclavxs insurgentes de Roma ser igual a la violencia del Imperio Romano? ¿Cómo puede ser igual la violencia del esclavo insurgente contra el látigo del traficante de esclavxs? ¿Cómo se puede comparar la violencia del tiranicidio con la violencia del tirano? ¿Cómo pueden compararse todas las cortes del mundo, quemadas, con la libertad humana en descomposición, enterrada en algún lugar de una tumba de concreto?

Por lo tanto, no tienen ninguna ventaja moral, no tienen un valor más elevado en el que puedan lavarse las manos por las decapitaciones de la libertad que están firmando. Yo, por otro lado, tengo de mi parte la vindicación moral que se levantó contra la autoridad. Y eso es suficiente. Y es bastante hermoso en sí mismo, por lo que no me arrepiento de las consecuencias de tal elección. Y sí, es cierto que las consecuencias son graves. La privación de la libertad, la inhabilitación de los sentidos, la pérdida de todo aquello que daba por sentado y que aprecias solo cuando desaparece, es una carga que pesa cada vez más mientras pasa el tiempo en la cárcel. Tanto que con cada paso sientes que matas un día de tu vida…

Aún así, la belleza de elegir luchar contra la autoridad vale más. Y esa es la razón por la que no me arrepiento de esta elección, porque nunca estuve dispuesto a negociar sobre ella.

Nunca he calculado mis valores de acuerdo con el realismo o lo alcanzable. El valor de la anarquía, el valor de la libertad total es una de las cosas más bellas por las que luchar.

Y cada vez que me pregunté si haría la misma elección en contra de todas las probabilidades, la respuesta siempre fue «sí». Haría la misma elección, incluso si fuera como un golpe en el cuchillo desde el comienzo. Lo haría, incluso si fuera la única persona viva en el mundo que creyera en ella, incluso si todo pareciera ser en vano y sin sentido, incluso si supiera que todo sería enterrado en la oscuridad y que nadie se enteraría de que tal lucha desesperada exisitió, incluso entonces tomaría la misma decisión. Porque, simplemente, el valor de la insurrección no puede ser negociado.

Panagiotis Argyrou, miembro de Conspiración Células del Fuego – FAI / FRI

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