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Italia. Respuesta de Alfredo Cospito a la revista “Caligine”

(Sacado desde ContraMadriz)

El siguiente texto es una respuesta del compañero anarquista Alfredo Cospito a un artículo aparecido en el n. 1 de la revista «Caligine» (enero de 2021) titulado «Algunos puntos de reflexión a partir de la entrevista a Alfredo Cospito». Este último artículo es una crítica a algunos pasajes de «¿Qué internacional? Entrevista y diálogo con Alfredo Cospito desde el penal de Ferrara «, publicado en tres números del periódico anarquista» Vetriolo «(primera parte:» Vetriolo «, n. 2, septiembre de 2018; segunda parte:» Vetriolo «, n. 3, Febrero de 2019; tercera parte: «Vetriolo», n. 4, marzo de 2020). La entrevista se incluirá en su totalidad en un volumen de próxima publicación mirado por Alfredo y por otros compañeros editores del periódico.

¿Qué hacer?


La buena guerra, la guerra que no conoce miedo, ni escrúpulos, ni piedad, ni tregua, aunque sea a través de la experiencia cotidiana de la emboscada, ante las legiones abrumadoras del enemigo, la audacia, el coraje deben ceñirse de prudencia y de cautela; la guerra de exterminio a los vampiros del capital, a las bestias del orden, en cada guarida «- Luigi Galleani
«Ninguna sabiduría es tal sin una pizca de locura. Y la locura galopa cuando la fría razón procede cojeando «- Roberto Elia, anarquista anti-organizador (1871-1924)
Acepto con placer confrontarme con tus críticas, que para mí son una oportunidad que me brindas.
Porque me regalan dos posibilidades: la primera de reflexionar y revisar el contenido de ciertas de mis afirmaciones y la otra de reiterar algunos puntos que no he aclarado lo suficiente.
El preámbulo necesario a este artículo mío es que hay que tener bien en mente que las mías son reflexiones a mente abierta. No tengo dogmas ni certezas a priori, siempre estoy dispuesto a cambiar de idea si me doy cuenta de que he dicho tonterías, no tengo un «partido» que defender, en fin, los míos son los pensamientos en libertad de un anarquista.
Vamos en orden, tú afirmas: «Atribuir a los técnicos una importancia que en realidad no tienen pienso que pueda desviar de una elección consciente de los propios objetivos».
La sociedad tecnológica está bien lejos de haber alcanzado la «perfección», por lo que los «super-técnicos» no son aún fácilmente reemplazables. Cuando hablamos de técnicos al muy alto nivel, de científicos estamos hablando de personajes celosos de sus propios descubrimientos, que tienen dificultad a socializar sus innovaciones para no perder la exclusiva, el beneficio. Un discurso como el tuyo que en la apariencia puede parecer realístico corre el riesgo de limitarnos, llevándonos a golpear solo como una prueba de testimonio, cuando en este momento todavía tenemos la oportunidad de ralentizar también significativamente este proceso tecnológico imperante. Los equipos de científicos y técnicos necesitan un individuo más brillante, con más conocimiento y originalidad que arrastre y dirija el trabajo de los demás. Debemos aprovechar las debilidades de la sociedad autoritaria. Estos «equipos» no están estructurados de forma libertaria, sino de forma autoritaria, piramidal. En realidad es el genio técnico el que cuenta, si falta esa pieza todo se ralentiza, no digo que se atasque, pero a veces puede mover hacia atrás por años la flecha del progreso en un determinado sector tecnológico. Y precisamente porque, como bien argumentas, todavía no estamos dentro de una megamáquina, que este discurso todavía tiene un significado real fuerte.
Prosiguiendo con tus reflexiones, añades posteriormente que no crees que la lucha de clases siga siendo el motor de todo y que: «[…] si la crítica se limita a la negación de los privilegios de unos pocos, sin meter en discusión la existencia misma de la civilización y su reproducción, no se hará otra cosa que mezclar la barajar las cartas, continuando, pero, a jugar al mismo juego […] ».

Tiene razón, existe el riesgo de que la lucha de clases, si no es verdaderamente revolucionaria y anárquica, al final, solo produzca una remezcla de la baraja de cartas. Esto no quita el hecho que solo de allí se puede empezar, es solo allí donde podemos encontrar a nuestros compañeros de viaje. El odio hacia la injusticia de clase nos hará llegar, nos debe hacer llevar a una visión libertaria, anárquica del existente. Solo ese odio y el sentido innato que tienen los oprimidos de justicia social, de venganza, puede dar concreción a la utopía, consintiendo a esta de estallar en la sociedad disgregando y recomponiendo las relaciones sociales de una nueva forma, depurando autoritarismos y explotaciones. Lo que en mi opinión nunca deberíamos cansarnos de hacer es transmitir a través de la acción la perspectiva revolucionaria, la esencia misma de nuestra utopía. Sólo entre los oprimidos podremos encontrar hermanos y hermanas dispuestos a arriesgar la vida. Nosotros mismos debemos ser los primeros en dar el ejemplo. Este es el espíritu profundo del «método» anarquista, de la práctica anarquista. Cada una de nuestras acciones directas y violentas permanece en la memoria colectiva de los explotados y ayuda a fortalecer en el tiempo la concreción de nuestra utopía. Soy consciente de la sencillez e ingenuidad de mi discurso, pero también estoy convencido que en la sencillez, en los instintos básicos de justicia, encontraremos la llave para revitalizar un movimiento anarquista del escepticismo y del cinismo.
Ignorar que la lucha de clases es la dinámica social por excelencia me parece un gran error. Es increíble cómo hoy la clase de los explotados se haya » autoconvencido» que en cuanto clase no existe. No sigamos al poder en este camino, haciendo así facilitamos el trabajo de los patrones.
Son los propios patrones a decírnoslo, lo explica el multimillonario americano Warren Buffet cuando afirma en una entrevista: «¡Por supuesto que hay guerra de clases! ¡Y mi clase la ha ganado, los ricos la han ganado! «Ay de los vencidos… Sigo convencido de que el odio de clases es la principal palanca para descarriar y volcar este mundo. No meto en duda que el muelle que desata nuestra lucha puede tener muchos orígenes, sexismo, animalismo, ecologísmo, pero si estos discursos en la base no tienen también un discurso de clase, no conducen a nada, sino a un asentamiento, a un perfeccionamiento de la democracia. Lo hemos vimos aquí en Italia con las luchas por la liberación animal cuando a un cierto tiempo nos hemos dado cuenta de que teníamos a nuestro lado políticantes, indiferentes, derecha «ecologista» y burgueses respetables.
Esto no quita que, al menos en lo que a mí respecta, el discurso anti-tecnológico sea central, pero razonar en compartimentos estancos: «sexismo», «animalismo», «ecologismo» nos priva de la concreción y de la plenitud necesaria para incidir en la realidad. Una planta sin raíces muere, nuestras raíces inevitablemente como anarquistas, históricamente están bien plantadas en una perspectiva revolucionaria de lucha de clases. Erradicamos la aspiración a la justicia social y quedará muy poco, en el mejor de los casos de «aristócratas» libertarios fuera del rebaño, en el peor de los casos de filósofos sabelotodo, cuanto inútiles.
Andando adelante, tus posteriores reflexiones me han hecho reflexionar sobre la dificultad que tengo para comunicar con claridad ciertos conceptos. Naturalmente la culpa es solo mía, no teniendo grandes propiedades lingüísticas, muchas veces vengo malinterpretado.
Tu afirmas que: «[…] hay una cobardía subyacente en la decisión de no golpear a las personas, ni mucho menos el miedo a perder el «consenso» […], ataques a las máquinas tanto cuanto a las personas siempre han convivido sin ser consideradas como prácticas separadas y distintas […]», además no piensas que: «[…] la acción sorprendente sea cualitativamente mejor».

Permíteme decir que en mí no hay ningún desprecio por las llamadas «pequeñas» acciones o «acciones reproducibles». La verdad es que habría sido inútil por mi parte empujar hacia este tipo de acciones, de hecho las únicas metidas en práctica con cierta constancia. Habría sido como derribar una puerta abierta, decir la cosa obvia, descontada. Y visto que todavía me iludo de dar mi contribución (al menos crítica) a la lucha, resaltar esta carencia podría (puede) ser útil. La así llamada «acción sorprendente» se ha convertido en un tabú, hay de apuntar un poco más alto. Si lxs compañerxs se han sentido acusadxs de cobardía, pido disculpas, nunca he pensado en algo del género. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Estas acciones no solo pueden coexistir, pero si queremos recuperarnos y convertirnos en un verdadero problema para el poder deben necesariamente coexistir. Para entendernos, yo afuera no pasaba el tiempo a disparar a los manager, hacia concentraciones, manifestaciones, pequeñas y pequeñísimas acciones, pero absolutamente no podía ni quería pre recluirme de ir más lejos, de arriesgar más. De vez en cuando un golpe bien asestado sirve, es un poco como probar la realidad efectiva de las cosas, la realidad de la sociedad en la que se vive.
Por ejemplo, después de las heridas a Adinolfi en la fabrica Ansaldo, aparecieron pintadas en solidaridad con los atacantes, la manifestación convocada en Génova contra el terrorismo estaba desierta, la plaza estaba vacía.
¿Quién se lo esperaba? Yo ciertamente no…
Los momentos históricos cambian y la conciencia de la «gente» va fluctuando, hay que volverse capaces, y ciertamente no hay necesidad de especialistas en la «lucha armada» para entender hacia dónde sopla el viento…yo antes de entonces nunca había tenido en la mano una pistola. En definitiva, me toca hablar de acciones «sorprendentes» porque nadie habla de ellas, ni siquiera vienen metidas ni lejanamente entre las hipótesis posibles. No creo que sea por miedo, sino porque normalmente se piensa que se necesita ser un especialista, no se siente a la «altura» y se renuncia…
Con la experiencia he entendido que racionalidad y realidad no siempre van de la mano, a menudo divergen. Tú dices que saltar un torniquete del metro puede ser más revolucionario porque es una práctica absolutamente reproducible. La racionalidad me dice que es verdad… pero luego cuando pongo en práctica la acción «sorprendente» en la cual arriesgo la vida, la libertad, los sentimientos y las pasiones que invierto son enormemente más importantes. El gesto fuerte hecho individualmente o con lxs propixs compañerxs permanece en el tiempo, te caracteriza, no se disuelve, te pertenece, es un testimonio perenne.
Después no se debe subestimar el impacto que un gesto de este tipo tiene sobre las personas. Si tenemos una perspectiva revolucionaria, este tipo de acciones hacen creíble a la larga nuestra proyectualidad, nuestro ser concretamente-realmente contra el sistema, cueste lo que cueste. Quien arriesga su propia vida no está jugando. Quien se quema los puentes a sus espaldas no puede volver más atrás.
Yo explotadx, confío en ti porque entiendo que lo haces en serio.
Mi acercamiento a la anarquía cuando era niño se debió en gran parte a la fascinación que ciertas figuras, ciertos ejemplos de vida, Henry, Ravachol, Novatore, Sabaté, Facerias, habían tenido en mi imaginación de dieciséis años. Si la anarquía hubiera permanecido en los libros de filosofía o en las experiencias democráticas autogestionadas, no habría encendido nada en mí. La calma, la prudencia, la moderación, el realismo apagan cualquier fuego revolucionario. Te cito una frase de Pier Carlo Masini, que ciertamente no puede ser acusado de extremismo, como profundo conocedor de la historia anarquista, expresa un concepto que en su simplicidad comparto plenamente: «[…] la fama de terroristas y de forajidos nunca nos hizo daño, porque el pueblo siempre siente simpatía por lxs justicierxs. En efecto, diría que aquella fama siempre nos ha acreditado con las masas populares ».
Debemos tener siempre en mente que nuestra «táctica», nuestra «estrategia» debe ser el lenguaje con el cual el movimiento revolucionario habla a los hombres y a las mujeres así como son realmente hoy, no ya como deberían ser o como quisiéramos que ya fueran. Hoy esta fascinación tiene una fuerza real, concreta, es una oportunidad a la cual no podemos renunciar.
A los dieciséis años era «ingenuo» y quede fascinado del mito de la revolución y de la revuelta individual, así hoy al mismo modo millones de hermanos y hermanas podrían serlo. Nunca debemos subestimar la fascinación y el ímpetu que solo esta puede dar.
Gestos ejemplares, propaganda del hecho, vidas vividas en la irreductibilidad de luchas desesperadas y sin salida, deseo y esperanza en la palingenesia revolucionaria, en el sol del advenir. Mi profunda convicción es que a la raíz de cada hombre y mujer en cadenas tales aspiraciones pueden abrir brecha.
En cada oprimidx y explotadx vive en el profundo una fuerte aspiración a la justicia social, pero también a la respuesta, a la venganza. Quitar, erradicar, combatir, depurar los sentimientos negativos, brutales, vengativos, dejando sólo la aspiración a la justicia social, significa degradar, domesticar esta aspiración absoluta a la justicia, a lo justo.
Privarnos de estos instintos vitales, odio, venganza, degradamos y domesticamos al humano, preparando de hecho el alzamiento definitivo de la sociedad tecnológica. Entregándonos así indefensos a una sociedad futura «justa», cuanto lúcida, insensible, fría e inhumana… y aquello será el tiempo del dominio de las máquinas, del bienestar artificial, de la muerte de las pasiones.
Hoy, incluso entre nosotros anarquistas, la falta de pasión se disfraza de calma y realismo. Cada vez que detenemos un gesto de revuelta sin salida, desarmamos la anarquía, matamos la utopía, matamos la esperanza aislándonos cada vez más.
El situacionismo nos ha enseñado que gestos demasiado arriesgados y violentos nos convierten en mártires aislándonos de la gente. Y que la sociedad del espectáculo anuncia cualquier gesto fuerte, transformando a los oprimidos en pasivos seguidores de una vanguardia aclamada.
En realidad, permaneciendo en las «filas» entre la «gente», no osando nunca más de lo necesario, nos convertimos en parte integrante de la masa amorfa, quejumbrosa, pasiva.
Damos vueltas en redondo al infinito, nos hablamos entre nosotros de continuo… un cierto post-situacionismo nos ha atado pies y manos. El miedo a convertirnos en «vanguardia», de desprendernos de las «masas» no nos ha convertido en protagonistas de un posible cambio, sino en espectadores de una realidad mediocre que cada día más nos hace sentir incapaces de actuar.
Las palabras que usamos llenas de racionalidad y «sentido común» solo sirven a reasegurarnos que más de aquello que hacemos en este momento histórico no se puede hacer. Y cuando algunxs de nosotrxs se atreven a decir cosas de una lógica descarada cuanto arriesgada, por ejemplo que es mucho más eficaz, bueno y bello meter fuera de juego a un tecnócrata que mil torniquetes saltados… nos sentimos desplazados si no aterrorizados y gritamos a la superficialidad y invitamos a la profundización. Que quede claro que en el pasado también me ha pasado a mí de estar confundido y en pánico, lo mío es sobre todo una autocrítica.
Al poder ciertas palabras, ciertas «actitudes» no pasan desapercibidas, el sistema en estos casos se alarma, golpea y reprime. Es la esencia misma de la democracia totalitaria, ciertos pensamientos ni siquiera se pueden expresar, al diablo con la «libertad» de expresión. En esos casos una lógica estricta empuja a la democracia a responder con la represión, es una cuestión de supervivencia del propio sistema.
Y este miedo que se apodera de la democracia debería hacernos reflexionar porque pone de relieve una gran contradicción.
Ciertos argumentos, en su simplicidad, son más comprensibles por la «gente» que retorcidas y hermosas disertaciones sociológicas o filosóficas.
La democracia no puede permitirse que ciertos pensamientos se expresen con claridad y que ciertas palabras se usen impunemente, porque podrían hacer brecha entre los oprimidos, entre los excluidos.
Estas palabras sin censura, para mi cobran un mayor sentido porque me han costado y me costarán más años de cárcel, pero es mi modo de resistir, de contraatacar.
Muchxs compañerxs «racionalmente», piensan que seguir con terquedad escribiendo ciertas cosas en la situación en la que me encuentro es una estupidez. También puede serlo, lo cierto es que mi actitud no es ni racional ni prudente. Pero en una sociedad dominada por la tecnología, por el cinismo y por el utilitarismo al final de todo por la «racionalidad» cual medio más eficaz para contrarrestarla si no es la pasión, el sentimiento, la rabia, el odio y un «poco» de loca inconsciencia.
Llegamos ahora al punto doloroso, a la piedra del escándalo: el «mito».
Aquí tu análisis ha dado en el blanco, haciéndome pensar mucho. He tratado de cuestionar mi punto de vista, pero sigo con mi idea. Aunque insistir en este punto puede resultar inusual y contradictorio para un anarquista, debo seguir dando importancia a la «fascinación del mito». Tu de forma lucida afirmas: «No entiendo por qué sacar el mito del cajón, cuando no se habla de él desde los tiempos de la huelga general… Creo que el mito no tiene nada que ver con la utopía. Si la primera es una construcción colectiva definida y estática, muchas veces proyectada en el pasado y que es transmitida, a la cual el individuo se adhiere; la segunda es indefinida en cuanto proyectada en un otro lugar, en un espacio y tiempo desconocidos; el individuo la hace suya y la modela sobre la base de sus propios deseos».
Yo al leer tus palabras, he llegado a una conclusión diferente. Estoy convencido que el mito una vez sacado del «cajón» pueda ayudar a atravesar la pérdida de esperanza que nos ha agarrado desde hace algún tiempo, llevándonos de la mano hacia la catarsis (la revolución) que dará origen a lo nuevo, al absolutamente nuevo. ¿Hay algo de religioso en mi pensamiento? No lo sé, pero no cabe duda de que una vez más la lógica y la racionalidad se han cortado en mi discurso. El mito de la revolución niega la realidad, pero construye otra al hacer factible lo inestable, lo imposible.
Si tú tuvieras razón, mi visión sería una versión anarquista del pensamiento reaccionario que ve en el mito la narrativa estática de un tiempo que está por encima de nosotros. Un «orden» anarquista ancestral puro, auténtico que la humanidad ha abandonado, un paraíso perdido. La utopía y el mito en mi caso coinciden. Un mito que, a la inversa de aquellos reaccionarios, no tiene la mirada hacia el pasado, al paraíso perdido que nunca ha habido, sino al futuro, proyectado en un imaginifico «futuro». Esto no quita que el «futuro» es engañoso cuanto el «pasado», porque vivimos en el «presente» y el futuro es un fantasma, más allá del devenir.
Pero el terrorismo anarquista, la propaganda del hecho, aquello que los varios Bakunin, Cafiero, Malatesta, Kropotkin definían sin falsos pudores «heroísmo», actúa como un viático hacia el «futuro», haciendo evidente a todos la concreción de la utopía en la historia. En el gesto de destrucción el individuo vive en primera persona la anarquía, demostrando al mundo que todo es posible, que todo puede cambiar.
Sólo así la utopía pierde su abstracción y se convierte en materia viva, perspectiva real por la cual es hermoso y justo pelear. Vaciemos la utopía de la violencia revolucionaria y se convertirá en un cuento para dormir, una válvula de desahogo, un sedante muy potente en manos de quienes nos gobiernan.
Me temo que el así llamado post-anarquismo que ha renunciado a la violencia revolucionaria pueda leerse en ese modo. No meto en duda la buena fe de estxs compañerxs, pero desarmar la utopía equivale desde mi punto de vista, a pegarse un tiro en la cabeza.
Los gestos vengativos como el de Mikhail crean credibilidad, visibilidad, reconocimiento a todo nuestro actuar. No me avergüenza de definir heroico aquel compañero.
Podríamos inventarnos hipócritamente otra definición, pero una rosa incluso si la llamas de otra manera, siempre rosa se queda su olor permanece invariado, su belleza también. En otros tiempos, cuando la utopía anarquista palpitaba en los corazones de las masas oprimidas, Mikhail habría sido definido tranquilamente como un compañero heroico, mártir de la causa, nadie se habría escandalizado. Es paradójico que hoy muchos de lxs anarquistas que se escandalizan con ciertos términos «guerreros» (sea claro, conozco tu coherencia, sé bien que no eres parte de este grupo) luego sin vergüenza los gritan en las manifestaciones, con respecto a los «hermanos y hermanas kurdos», y de lxs compañerxs anarquistas y comunistas muertxs combatiendo al ISIS.
Cuanto más arraigada está una lucha, más ciertos términos surgen naturalmente porque son inevitables, surgen de la solidaridad y participación de la gente en la lucha, y sobre todo no tienen nada de retórico.
El coraje es una realidad cuanto la cobardía, a veces el sacrificio para algunxs de nosotrxs se vuelve, por diversas razones, inevitable. Referirse al heroísmo y al sacrificio no quiere decir necesariamente pertenecer a un pasado crepuscular o estar enamorado de la muerte. Pretender que la vida de un anarquista es solo placer y juego y que no comporte ningún sacrificio es burlarse de uno mismo. Mikhail sabía que lo más probable es que estaba andando a encontrarse con la muerte, él mismo lo deja dicho, su gesto quería vengar a lxs compañerxs….
Porque no aceptamos un hecho, Mikhail ha sido heroico en su gesto. ¿Quizás porque nos disminuye? ¿Quizás porque un anarquista siempre debe estar apegado a la vida como un cangrejo? ¿O porque con aquel gesto extremo nos echa en cara que la anarquía también quiere decir matar o ser asesinado? Sucede que algunxs anarquistas se toman muy en serio lo que hacen. Y esto da miedo, lo sé bien, no solo al poder. Es difícil reconocer que a veces no hay otras alternativas sino actuar aquí y ahora a costa también de la propia vida y de la de los demás.
Este pensamiento creo que sea pasado por la cabeza de Mikhail en aquellos momentos, pero quién sabe… esta tragedia es parte de nuestra historia. Es feo de decirlo, tal vez lo sea, pero para mí la anarquía es también el individuo que se levanta el poder y luego sucumbe. Pero en ese sucumbir planta una semilla que luego florece y se multiplica hasta que un bello día será el poder a sucumbir. Narración lineal, simple cuanto trágica, pero disruptiva. Los cínicos definen todo esto como retórica, los post-anarquistas y situacionistas varios como «martirio de uno mismo». Pero no hay lógica que contenga el corazón, el sentimiento, la pasión que nos empuja a respetar la valentía de aquellxs que queman sus vidas en una llamarada en nombre de un ideal de libertad.
Bakunin en este punto diría que peco de «idealismo». Pero en mi opinión no hay duda de que a la base de todo terremoto social, más allá de las necesidades materiales, hay una idea que lucha, que va directa al corazón, un deseo de justicia sin la cual se sucumbe. Si queremos desencadenar este «terremoto» debemos actuar en consecuencia, encontrar la narración justa, esto si realmente queremos subvertir el mundo, si realmente queremos hacer la revolución. La alternativa que tenemos es la apología del gradualismo, la voz de la razón: «Pero qué tonto ese muchacho ha destrozado su vida en el altar de una nueva divinidad. Pero sin pueblo, sin consenso adonde quería ir. Los tiempos han cambiado, tenemos que intentar otros caminos, la revolución anarquista es imposible. Ya no es el momento de la toma del palacio de invierno. Debemos empezar a construir ahora y enseguida espacios de libertad, debemos cambiar el sistema desde dentro».
¿Quién tiene razón? ¿Pero entonces, existe una razón? Yo prefiero dejarme llevar por las pasiones, por el instinto, ¡e sí! de la fascinación del mito de la revolución.
Mi irracional convicción es que el compromiso nunca vale la pena y incluso si la valiese, implicaría tanto sufrimiento interior que, al menos en lo que a mí respecta, me abstengo y sigo adelante por mi camino.
La cosa más cercana a la fascinación del mito que he conocido en mi vida (y que luego me ha llevado a la realidad encadenada que vivo hoy) es la FAI-FRI. El uso de una sigla, que hace referencia de los «éxitos» revolucionarios de la FAI ibérica. Que remanda de algún modo al mito de la «lucha del pueblo», cuando la anarquía era una perspectiva viva para millones de explotadxs. Ha producido un fenómeno que aún no ha sido analizado y metabolizado por los compañerxs.
La difusión de ese acrónimo en poco tiempo, con una velocidad tal de sorprende a todxs, no podría ocurrir, en mi opinión, sin la fascinación del mito.
Esta experiencia nos ha dejado algo muy importante, la posibilidad hoy de una internacional anarquista a través del uso de una sigla que perdura en el tiempo y hace reconocible delante del mundo un camino real, con todas sus contradicciones, pero real, concreto vital.
Un ejemplo práctico de cómo se puede comunicar sin meterse en estructuras autoritarias y de síntesis. Una comunicación a través de las reivindicaciones que siguen a las acciones, que ya es patrimonio del actuar de todxs lxs anarquistas de acción del mundo. Y hoy vive en todas las campañas internacionales que de forma espontanea se encienden y apagan de una parte a otra del planeta.
El ejemplo que tú mismo haces de las numerosas acciones que se llevaron a cabo entre abril y mayo contra las antenas son uno de los muchos hechos. Acrónimos o no Yo creo que el camino a seguir es aquello, y sobre esto estoy totalmente de acuerdo. Y si estas «campañas» internacionales comienzan a desarrollarse en una óptica de ataque proyectual como tú mismo deseas, los resultados podrían ser tan impredecibles al menos cuanto la repentina difusión de la FAI-FRI en medio mundo. Lo importante es que esta «proyectualdad» de la cual hablas se pueda socializar con lxs otrxs sin la construcción de estructuras y organizaciones que son (en mi opinión) herramientas ya conocidas y alienantes.
Luego sobre las «dos caras de la anarquía de acción hoy» confirmo mi «análisis»; son dos prácticas distintas que un mismo individuo puede poner en acto, en tiempos distintos, con objetivos distintos pero convergentes.
En uno de estos métodos es inherente «el miedo a perder el consenso de terceros» como dices tú, pero yo en esto no veo nada de malo.
El miedo a «desprenderse de las necesidades reales de la gente» forma parte de la estrategia insurreccionalista que se ha desarrollado en los últimos 40 años.
Luego están las «acciones sorprendentes» que en un período revolucionario ayudan a dar el empujón inicial y cosechar los frutos de un movimiento fuerte entre la gente. En un momento de cansancio, como éste, mantienen viva la utopía y crean aquella concreción y credibilidad que en el momento justo nos será útil, todo está ahí…
Si luego me dices que ciertas «clasificaciones» aumentan y facilitan la represión, te digo que puede ser cierto. Pero como la represión no es un motivo suficiente para dejar de hacer acciones, mucho menos lo es para dejar de pensar y escribir libremente los propios análisis.
Tengo una «loca» convicción, probablemente debida a mi forma instintiva e impetuosa de razonar y relacionarme con la realidad. Allí donde está el peligro también está la salvación.
Para terminar quería abordar el problema de la «comunicación», tú sostienes que para dar nueva vida a un internacionalismo, no basta la comunicación tramite escritos sino que piensas que sea fundamental la proliferación de aquellas relaciones profundas a través de las cuales se aspira a subvertir este mundo.
Internacionalismo y internacional son dos cosas diferentes. Cuando hablamos de una internacional de acción, los máximos sistemas deben dejarse de lado. Debemos pasar a la concreción de las cosas, a los problemas concretos de la lucha; «Efectividad de la acción», «Respuesta a la represión».
Cierto que las relaciones informales y profundas son importantes, la afinidad, el conocimiento profundo, los afectos, pero no podemos engañarnos de que es posible tener relaciones de este tipo con todxs lxs anarquistas del mundo.
Nuestra aspiración al internacionalismo nos empuja a esto, pero haciendo así giraremos en el vacio como las peonzas. No podemos pasarnos la vida persiguiendo una quimera para luego encontrarnos con un nada de hecho.
Desde que existen, lxs anarquistas crean relaciones de una parte del mundo a la otra. Nos reunimos en las diversas iniciativas de lucha, se organizan manifestaciones, encuentros internacionales. Nuestras ideas, escritos, rebotan de un punto del mundo a otro, la administración normal de un movimiento que por más de un siglo deambula por el mundo.
Pero la internacional de acción debe actuar… y no puede que tener objetivos limitados y sobre todo debe existir sobre un plano, aquello de la acción, del ataque.
Los aprofondimentos pertenecen a un plano más complejo, aquello del movimiento, en complexo, con sus disquisiciones sobre los análisis y sobre las estrategias. La internacional se materializa solo cuando el singular compañerx o el específico grupo de compañerxs actúan transmitiendo con la práctica conceptos y luchas que de todas formas siguen siendo el producto del movimiento en su conjunto.
Ver en la internacional un lugar globalizante, un todo coherente y orgánico, transformaría la así llamada internacional negra en una especie de partido, de organización de síntesis con líderes, estructura, especialistas de la palabra y de la acción, en fin, la misma cosa alienante de siempre.
Para entendernos, la internacional de acción no es el lugar de la «política», sino un instrumento para golpear, para abrirse al mundo a través de la práctica de la «propaganda del hecho».
El movimiento anarquista, el así llamado «movimiento ficticio» es una cosa muy diferente, es un laboratorio de ideas incluso contradictorias de las cuales la internacional toma una continua aspiración.
Se puede captar mejor la belleza de este concepto, dejándose llevar por la observación de la elegante danza de las acciones que llaman a otras acciones. Bastaría con dejarse llevar por este baile para saborear plenamente la fuerza. Escuchamos las sugerencias que estas acciones nos regalan y re elaborémonos con nuestrxs compañerxs, con nuestros hermanos y hermanas.
No se necesitan congresos, convenciones, asambleas, sino singulares y grupos de afines que danzan dando fuego al polvo de una social aplastado y oprimido que espera solo la chispa justa. Después la palabra pasará al movimiento «real», al social y será una historia completamente diferente. Será el tiempo de la «revolución», y allí sí que se jugara el verdadero partido. Sin embargo, no debemos engañarnos, esta perspectiva no pertenece a nuestro tiempo. Afortunadamente, osaría decir, porque «revolución» querrá decir también compromiso y lucha sangrienta contra quien querrá imponer su propio poder «revolucionario». Hoy debemos «contentarnos» con aspirar a ella. Por esto hablo a menudo del «mito de la revolución». Solo este mito puede desencadenar huracanes sociales y hacer derribar imperios. Una vez alcanzada, comenzaremos todo de nuevo, en esto consiste la espléndida vida de un anarquista. Más allá esta solo el vacío de la resignación, de la apatía, de la derrota.

Alfredo Cospito
1 de enero de 2021, prisión de Ferrara

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