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De Italia a Chile. Palabras de Juan Sorroche para Marcelo Villarroel

Para Marcelo, ¡con toda la complicidad de la lucha!

¡Me llegaron tus palabras de coraje y solidaridad que me llenaron de emoción y simpatía!

Hoy respondo (antes tenía la censura en las cartas) a tus palabras porque creo que es importante establecer lazos de complicidades entre nosotros los anarquistas de todo el mundo.

Como creo que es esencial tener una visión de compañerismo internacionalista y de digna resistencia tanto con las palabras como con las acciones.

Querido compañero, hoy mis palabras y mi corazón palpitan juntos con el tuyo, con las luchas que se han alzado con coraje y dignidad contra el gobierno de chile y que se han transformado desde la simplicidad de una lucha por el pasaje del metro, hasta el incendiar y atacar todo aquello que oprime a lo largo de chile. Pero no puedo negar que mi estima y mi simpatía va a l@s compañer@s anarquistas que siempre han estado ahí en la lucha callejera tanto de día como de noche, en el pasado y en el presente. Leer más…

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Italia: Comunicado de Juan Sorroche sobre su detención

«¿Cómo hacer que una gota de agua no se seque? Déjala ir al mar »

En este texto, cuento cómo fue mi arresto el 22 de mayo de 2019. Lo cuento como un hecho y no para denunciar la ilegalidad de los métodos policiales o por victimismo.

Principalmente no me gusta el hecho de que mi arresto y lo que sucedió durante el traslado a la estación de policía de Brescia sea un secreto mío y de los agentes de Digos (policia politica) que me detuvieron. Honestamente, no tengo ganas que haya algo de compartir con ellos. No quiero compartir nada con ellos, y mucho menos mi angustia y sobre todo «lo qué no se puede decir» por miedo a un tabú, como un pacto no escrito entre «caballeros machos» que podría afectar mi virilidad (?!)…

Y por ùltimo las palabras en la estación de policía de un secreta vestido como un motero rockero (probablemente de la comisarìa de Trento, dado su conocimiento de mí…) que recomienda «amistosamente», como un hermano o un padre de escribir solo cartas personales a amigos y no comunicado para ser distribuidos públicamente. Esto me hizo pensar que compartir lo que pasó era una buena solución.

Un momento antes de mi arresto, caminaba por las montañas y pasé por un camino donde encontré a un perro grande que tenìa malaleche. Era el mismo camino que debería haber tomado al regresar. Respeto mucho a los perros y si puedo evitarlos lo hago, así que para el regreso decidí tomar la carretera principal que va a Tavernola. Allí encontré unos ciclistas sospechosos: uno tenía cara de borracho y no realmente de deportista… más de uno que està en una taberna fumando y bebiendo las 24 horas del día… ¡con el debido respeto a los borrachos!

Me pidieron información. Se las di amablemente. Tenía sospechas, ¡pero también estaba muy seguro de mí mismo y del territorio!

Así que puse a un lado las sospechas y la paranoia y seguí adelante.

En la tercera esquina vi dos coches. Me detuve por un momento. No me gustaron, pero seguí adelante.

No estaba seguro de que fueran policías, seguía pensando que era paranoia a pesar de que me sentía en alerta máxima. Al acercarme, vi a dos personas, cada una en el asiento de conductor de su automóvil. Estaban vestidos como «montañeros».

Lo que me pareció muy extraño (y allí estaba seguro de que eran policías… lo sentí, pero ya estaba muy cerca del primer coche) fue que estaban dentro de los coches, uno detrás del otro, sin hablar, empalados.

No podía regresar y, en lugar de pasar por el lado del pasajero donde no había nadie, preferí pasar frente a él para que pudiera controlar sus movimientos y evitar que ambos me encerraran. Más allá del primer automóvil de reojjo veo el primer «montañero» descender con un palo de madera. Pensé: «¡Aquí vamos!»

Estaba frente a la puerta del auto del segundo alpinista.

Pensé que querían seguirme para ver a dónde iba.

Cuando salió el segundo alpinista, estaba a 50 metros de ellos.

A mi alrededor, de derecha a izquierda solo tenía montañas.

¡Pensé que era hora!

Entonces me disparé y corrí como un loco! En un momento los dejé a unos cincuenta metros. Corrí como un desesperado. Ellos gritaban y me persiguian.

Continué por un tiempo, dejándolos cien metros atrás, o tal vez más. Pero tenía miedo de que otro coche de policía viniera desde la dirección en la que corría, lo que luego creo que sucedió.

Me gritaban, pero no sé qué. Honestamente no sentí nada, no tenía miedo, pero mucha adrenalina en mi cuerpo de no entender nada. Mi cerebro estaba a mil… demasiado! Estaba fuera de control, realmente como un animal fugitivo. No podía seguir así sea porque tenían autos sea por el ritmo de mi carrera.

Tenía dos caminos para elegir para seguir escapando, pero elegí el equivocado. Honestamente perdí el control. Si pudiera haber sido racional, habría tomado ejemplo del instinto de los jabalíes que en situaciones de emergencia siempre bajan de la montaña, porque corres más rápido y es más fácil escapar, en lugar de subir como hice yo …

A mi izquierda había un salto hacia abajo de 3 o 4 metros, a la derecha hacia arriba unos 4 o 5 metros de acantilado.

No era lucido y salté a la derecha y logré alcanzar la mitad del acantilado. Deslizava, pero logré subir casi hasta la cima. Debajo de mí habían llegado 3 o 4 policías.

Ahora estaba al final de mi fuerza. Estaba en la cima, podría haber ido al bosque, pero no podía ver nada por los nervios. Era una sensación extraña: me rendí por falta de fuerzas, pero en el momento en que me rendí realmente sentí que seguir adeante en direcciòn al bosque era un peligro, no tanto por lo que tenía delante ni por las amenazas, que ni siquiera sentí. Fue más un instinto de conservación animal. Me di por vencido y cuando me di la vuelta tenía la pistola apuntada. No creo que quisiera disparar, pero…?!

Así que volví y me dejé arrastrar por el acantilado. Allí me agarraron y me tiraron al suelo. Estaban muy, muy agitados y enojados (¡sabes que se enojan cuando los haces correr!). Una vez en el suelo, me pusieron boca abajo, tal vez con patadas, no recuerdo bien, todavía estaba a mil. Una vez inmovilizado, llegó un automóvil. No me pusieron las esposas, simplemente me inmovilizaron con las manos hacia atrás y me cargaron en el asiento trasero, tirado boca abajo, con un policía encima de mí sosteniendo mis manos. El conductor y el pasajero desde delante comenzaron a buscarme si se puede decir asì: literalmente me arrancaron la ropa. Llevaba conmigo una pequeña mochila de 22 litros que me destrozaron con todos los bolsillos. En un momento el auto se detuvo después de unos 100 m, la puerta cerca de mi cabeza se abrió y alguien de afuera comenzó a darme una serie de golpes en la cabeza, en el hueso temporal y en la sien. Sinceramente, no sentì nada. Luego me pusieron las correas de plástico en las muñecas y las apretaron con tanta fuerza de bloquear la circulaciòn de la sangre en las manos. Entonces me ubicaron (una posición estudiada, creo): las piernas en dirección del conductor donde colocan las piernas los pasajeros en el asiento trasero; el culo en el medio del asiento trasero; la cabeza entre los dos asientos delanteros.

Mi cuerpo formó una «U». El policía del lado del pasajero sostuvo mi cara en una prensa (si lo intentas verás que es una buena prensa), con el dedo gordo clavado entre el cuello y la mandíbula y los otros 4 dedos en toda la cara que me aplastaba en el costado del asiento. No vi casi nada: un ojo estaba tapado por los dedos del policía, el otro estaba aplastado con el resto de la cara en el asiento.

En el asiento trasero, en el medio, estaba mi trasero y mi espalda, y un policía a la derecha y uno a la izquierda.

Salimos. El policía de enfrente comenzó a preguntarme: «¿dónde duermes?» No respondí. No hablé Entonces él que estaba a mi lado detras del conductor, con el codo, comenzó a aplastarme un riñón hasta que se me escaparon gritos y siguió preguntando «¿dónde estás durmiendo?»

CALLADO.

Me aplastó el riñón de nuevo. Intenté no gritar y no hablar, pero era un dolor extraño y molesto. Se me escapó un gemido. Luego volvió a aplastarme y le dije que estaba durmiendo en las montañas. Dentro de mí había pandemónium y temía que si comenzaba a dar respuestas, aumentaría el «aplastamiento» del riñón y las preguntas que, en teoría, no estaba obligado a responder. No querìa hacerlo. Tenía miedo pero no sòlo. Mientras tanto, alguien me decìa: «¿Te gusta poner bombas?» «¿Y si matabas a un padre de familia?» «¿Te gusta ser partisano, eh?» «¡Ahora te lo mostraremos!» «¡Hueles como un pastor!».

Sí, olía a ibex y humo del fuego… es rara la mente: pensé «¿qué culpa tienen los pastores?» (¡Sic!). ¡Parecía extraño hacer estas reflexiones tan «leves» mientras me la veìa negra! En los momentos en que el policía seguía aplastando mi riñón, mi cerebro iba a mil en una mezcla de cambios repentinos entre miedo, emoción, coraje, desánimo. Todo en una décima de segundo. Cambios continuos en un remolino de pensamientos a una velocidad impresionante. Entonces pensé en el zen. No estoy bromeando. Respiré un poco y luego pensé, «¡así no puede irl!» No tengo que luchar contra mi dolor y mi angustia, más bien déjame ir a ellos. Aceptar! Sé que es muy hippie ¡pero eso es asì!

Tenía que dejarme ir y no ser tan rígido como lo estaba haciendo, porque estaba más débil y atado. Asì noté una cosa: cada vez que me aplastaba, si me dejaba ir a los gritos o si gritaba antes de que me hiciera daño, él dejaba antes. Repito: es un dolor muy extraño y molesto cuando aplastan el riñón. Entonces, si yo hacìa la escena, él dejaba. Además en cuanto preguntaba, si esperaba el momento justo entre mi respuesta y el comienzo del «aplastamiento del riñón», podría gritar y, por lo tanto, no responder. Y prolongé mis gritos para no tener que responder a las preguntas. Lo sé, no es muy digno, pero me la suda! Fue efectivo como táctica.

En un momento del viaje (de Marmentino a Brescia habrán unos cuarenta minutos), después de unos 10-15 minutos, creo que debido a las correas, ya no podía sentir mis manos, ni siquiera el hormigueo. Y de vez en cuando el tìo que aplastaba el riñon le preguntaba al otro policía si tenía las manos moradas. Se respondian a los gestos y no pude entender lo que decían… No sé, tal vezlo hacìan para asustarme. El hecho es que ya no sentía las manos y la posición era infernal: mi cuerpo en «U»; me hormigueaban las piernas y, tan pronto como me movía un poco, me aplastaba el riñón.

Preguntas no hicieron más de esas, simplemente «¿dónde estaba durmiendo?». Pero después de los primeros 10-15 minutos no hicieron màs. Continuaron «solo» con el aplastar el riñón cuando me movìa. Pero de alguna manera fue un alivio no recibir más preguntas. No veìa la hora de llegar allí, al menos si me hubieran pegado, ¡no habría sido en esa posición!

Después de media hora o 40 minutos llegamos a la comisarìa Brescia, donde se encuentra la sede de la Digos. Los últimos 10 minutos, los policías estaban más tranquilos y mis manos sin circulación y la posición seguían siendo muy molestas, ¡al menos habían dejado de aplastarme el riñón!

Una vez que llegaron al cuartel general de la policía en Brescia, me arrojaron al suelo como un paquete y los que esperaban allí comenzaron a patearme. Alguien les dijo que mantuvieran la calma. Estaban muy agitados. Yo un poco menos, ya que ahora mi posición estaba estirada y me quitaron las correas… ¡qué alivio!

Me quitaron los zapatos para ver si había algo adentro. ¡Desde mi llegada a la estación de policía, la situación ha cambiado por completo y ya no me han tocado! De hecho… me trataron muy correctamente, tanto que parecía sospechoso. Cada vez que quería ir al baño me llevaban, me daban agua e incluso chocolates (¡como un mono! ¡Eh! ¡Eh!). Me esposaron de 11 de la mañana hasta las 10 de la tarde noche con las manos detrás de la espalda sentado en una silla en la oficina con una escolta de 2 o 3 Digos con pasamontañas. Había bastantes en toda la comisarìa. Algunos de ellos «me conocían» muy bien: el rockero que me aconsejó que no escribiera comunicados; el gerente de los Digos de Brescia, un hombre; y una mujer, no sé si es magistrada o directora de los Digos de Venecia. El ejecutivo me pidió que colaborara y que le contara sobre las llaves que tenía diciéndome que, en cualquier caso, hubieran descubierto dónde estaba. Le respondí que no sabía nada de lo que estaba hablando. No insistió mucho… dos o tres veces y dijo que sabía, refiriéndose a las acusaciones por la acción de Treviso, que yo era el culpable… ¡en cara a la supuesta inocencia! Le dije que no era su trabajo juzgar. Luego, a las 10 de la noche, me llevaron a la prisión de Brescia.

Escribo esto para explicar cómo lo viví. Ahora, estaba muy agitado y tal vez el orden de las cosas era diferente, pero estos eran mis sensaciones sin agrandarlas o disminuirlas, pero con mil sentimientos en conflicto. Sé que no me trataron con guantes blancos, pero no me quejo. Sinceramente, no siento ni creo que haya sido torturado o incluso golpeado fuertemente. ¡Pero que no lo hicieron conmigo no quita el hecho de que no lo hicieron con los demás! Asesinatos como el caso Cucchi, el caso Frapporti en Rovereto, el caso Uva, el asesinato de Carlo Giuliani, el anarquista Pinelli asesinado en la estación de policía en Milán por el comisionado Calabresi, la tortura en Génova en la estación de policía de Bolzaneto, en la escuela Díaz, etcétera. Estas prácticas suceden, y son ESTRUCTURALES para cualquier estado capitalista y no, como la ley solitamente nos quiere hacer creer, la excepción, un error o las habituales manzanas podridas de expulsar, ¡no! Repito que esto depende de cómo esté estructurado el estado y esta sociedad.

Del enemigo nos esperamos algo en cualquier momento y debemos ser conscientes de esto y recordarlo, no solo a nosotros mismos: el Estado y sus fuerzas de represión, en general, nunca han respetado y nunca respetarán sus santos derechos y leyes, en la medida en que afirman hacerlo: ni siquiera dejan pasar una pequeña infracción, haciéndola pagar incluso con meses de cárcel. ¡Pero solo para los pobres! No a los privilegiados, políticos, poderosos de las multinacionales y de los bancos o maderos, son absueltos regularmente. ¡Dos pesas, dos medidas! Y esto lo vemos todos los días en el Parlamento, en los julgados, en las calles y en las cárceles. ¡Todo esto sin pudor ni vergüenza!

No me importa nada de un estado más justo y perfecto o de derechos constitucionales. Estos siempre serán instrumentos de sumisión y explotación en manos del Estado autoritario.

«Legal» e «ilegal» pertenecen a la autoridad, en beneficio de unos pocos y también por su hipocresía.

Debemos…

«Debemos luchar y luchar por que la desproporción se acorte»

¡Y cualquier camino estemos recorriendo siempre con nuestros corazones!

¡Por la anarquía!

Juan Sorroche – Prisión Terni AS2 – 09/2019

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